Pasan estos días tan ocupados de humanidad, sigo tratando de no tropezarme con las piedras de mi conciencia. No puedo evitar evitar tus espacios vacíos, aquel donde lavas los platos, la solapa de un sofá manchada por tu trabajo, las bolsitas de tus sopas chinas. Pruebo todas las cosas que no probaría si mi felicidad estuviera intacta. Fumo, bebo, imagino, deseo caricias, compañías. Este país se está volviendo demasiado pequeño ante tu inminente partida.
Ayer le dije a mi hermana que cuando te vayas no podría compartir Venezuela con nadie más, porque contigo es con quien quiero oler Chacao, viajar a Cuyagua, comer los pastichos de ese sitio en la Guaira, besarme en el tráfico de la Francisco Fajardo y disfrutar de la melancolía del Hatillo. De qué me vale mi otra casa, aquella amarilla donde soy libre, si apenas salga no vas a estar tú.
Voy a huir rápido para que todo lo que me recuerde a nosotros no me haga llorar, porque ya lloro sin estar y sin ver.
Sigo el calendario y planeo estos días que parecieran más importantes porque tu idealizada partida me apura. Pensar que por estas fechas yo pensaba en ti con angustia y planeaba cada detalle, vestirme, maquillarme, secarme el cabello, una conversación, para que tu atención me hiciera tomar el paso más importante de mis últimos años. Renunciar a él para estar contigo.
Y con tus advertencias, tu poco dinero, tu carro desbaratado, tus pantalones manchados de químico, tu historia triste desde hace cinco años, tu poca confianza, tu pequeña estatura y cintura. Con lo tan poco tú decías podías ofrecerme, lo dejé. Ahora te cuento que me diste todo, me sigues dando todo. Te sigo adorando más que el primer día. Eso es mucho decir. También me alejaste y yo ingenuamente no me di cuenta que era para tenerme más cerca. Rogabas para que entendiera que querías caricias en silencio, domingos eternos enredados en la cama, una mirada de comprensión. Una mañana de enero me dijiste con una sonrisa “Regresé” y sí, regresaste con más amor que nunca.
Me desarmabas y me desarmas con tu palabra sincera, tus muecas infantiles, tu mano en mi cintura,tus canciones cursis y el deseo de maximizar mi condición. No has parado desde el día en el pasillo fugaz y de fotografía, de darme todo, todo.
Eres el más dulce, el más cruel, el que más he amado, el que acompaña mi cotidianidad y se hace cotidianidad, eres el que más me ha dado vida y el que más me la quitará.
Mi fe se renovó con el retumbar de tu voz en tu pecho cuando me apropié del hueco de tu clavícula, cuando regresábamos de aquel viaje y me veías cuando manejaba, aquél día cuando nos quedamos dormidos bajo mi sombrero a la orilla de la playa, pero en junio insistirás en tu idea de quitármela.
Te amo hoy más que nunca y te tengo que compartir. Hoy soy la más egoísta.